the world through my eyes
trying to decode how this works...
trying to decode how this works...
Un muro, una pared, un susurro, una verdad.
Tu mirada perdida en un sinfín de siluetas dibujadas en una medianera me inquietaba. Trataba de contarte una historia, pero mis palabras se enredaban en los azulejos de colores, por lo que había decidido callar. Parecía que aquél muro contaba una verdad que yo no lograba descifrar, pero a vos te hacía alucinar.
Acaricié tus labios con pasión contenida, en un desesperado deseo de captar tu atención. Me miraste, me besaste y volviste a tu tarea. Aquello me desesperó, me impacientó. Giré mi cabeza y lo observé, lo traté de entender. Sin embargo, no lograba discernir qué era lo que tanto veías.
Hasta que cansada de mi fastidio me contaste tu verdad. Aquella medianera, que tanto te obsesionaba, todavía guardaba vestigios de vida para vos. Historias que comenzaron a ser contadas y, quizás, nunca culminaron como querían. Aquella pared que dividía, era también la que unía.
Y en la algarabía de tus palabras vislumbré lo que aquél muro ocultaba.
Y en él fue que encontré el refugio que tanto buscaba. Sus brazos me abrazaban fuertemente contra su pecho, protegiendome de cualquier adversidad.
Sentía su piel cálida contra mi mejilla y tenía un fuerte deseo de que ese calor embargara todo mi ser. Sabía que no nos quedaba mucho tiempo, alguien aparecería en cualquier momento para interrumpirnos. La posición de nuestros cuerpos debería cambiar.
Solo quedaba una cosa por hacer, y debía apurarme, por lo que me volví a acomodar, dejando nuestras caras a un suspiro de distancia. Él me miró desconcertado, pero descubriendo mis intensiones…
Y se me pasa la vida esperándote,
buscándote en los lugares más
remotos de mi habitación,
queriendo acariciarte, tocar tu piel, sentirte mío.
Aquella muchacha que alguna vez fui
ya no existe más en mi.
Aquella muchacha llena de sueños y esperanzas,
ahora tiene miedos y desconsuelos.
Juzgué mal las señales de la vida,
y en esta quimera me he convertido.
Pensé que la vida era amar, soñar, confiar…
creí que eso era vivir.
Pero ahora, después de tanto tiempo, empiezo a entender lo que es vivir.
¿Quién los ve andar por la ciudad
si todos están ciegos?
Ellos se toman de la mano: algo habla
entre sus dedos, lenguas dulces
lamen la húmeda palma, corren por las falanges,
y arriba está la noche llena de ojos.
Son los amantes, su isla flota a la deriva
hacia muertes de césped, hacia puertos
que se abren entre sábanas.
Todo se desordena a través de ellos,
todo encuentra su cifra escamoteada;
pero ellos ni siquiera saben
que mientras ruedan en su amarga arena
hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.
Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día.
Ya están vestidos, ya se van por la calle.
Y es sólo entonces
cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos.